28 de abril de 2010
Se marcha Álvaro Uribe (por imperativo legal), y deja el listón muy alto: un clima de menor violencia —común o terrorista—, pero también de irregularidades en la protección de los derechos humanos.
La impronta del hombre fuerte acusa sus efectos en la Colombia que se organiza para los próximos cuatro años. Con elecciones el 30 de mayo, el panorama es desolador para los partidos tradicionales. Los liberales parecen estar fuera de la puja (Rafael Pardo, 5,7%) y los conservadores, con Noemí Sanín a la cabeza, apenas sobreviven en el tercer puesto de los sondeos (16%).
Mientras, la izquierda tradicional, el Polo Democrático Alternativo, decepciona en las previsiones (5,0%), pese a que Gustavo Petro, el candidato, es uno de sus hombres más centrados, enemigo acérrimo de las FARC y extremo opuesto del anterior aspirante, Carlos Gaviria.
El Polo se convirtió en 2006 en la segunda fuerza política del país, sin embargo hoy palidece debido a sus luchas intestinas. La blandenguería de Gaviria con el narcoterrorismo y sus coqueteos con la izquierda radical latinoamericana han colaborado en el descalabro.
La sorpresa del año la protagoniza el candidato verde, Antanas Mockus, ex alcalde de Bogotá, que sube 21 puntos y cuenta con un 34,2% de intención de voto. Según una encuesta de Invamer Gallup Colombia, Mockus ganaría la segunda vuelta —frente al oficialista Juan Manuel Santos— con el 47,9%.
Por suerte para Colombia, ni Mockus ni Santos barajan derogar la política de seguridad democrática diseñada por Uribe.
De hecho, el electorado parece premiar la ausencia de buenismo del progresista Mockus, en detrimento del delfín designado por Uribe como cartel electoral del oficialista Partido de la U.
Santos no posee ni el carisma ni la inteligencia de Uribe. Y en la pugna entre dos guerreros, es probable que los colombianos apuesten por la continuidad de la política de mano dura, pero con un mayor apego a la legalidad nacional e internacional.
Santos se equivoca en extremar su discurso. Su pretensión de bombardear cualquier país vecino con tal de destruir a las FARC, suena a disparate. Aunque en 1988 la Nicaragua de Daniel Ortega invadió territorio hondureño para enfrentar a los "contra", estas ideas no tienen ninguna acogida en la comunidad internacional.
El acontecimiento excepcional que provocó la muerte del terrorista Raúl Reyes en Ecuador y puso al descubierto el entramado latinoamericano de la narcoguerrilla, no debe convertirse en modus operandi, ni mucho menos en programa de gobierno.
Del otro lado de la frontera, Hugo Chávez se frota las manos con una posible victoria de Mockus o Petro. Si alguno de ellos vence el próximo mes, tendrá que saber cómo lidiar con uno de los nombres más repetidos en los documentos hallados en la computadora de Raúl Reyes.
Para una Colombia acosada por el terrorismo interno y abandonada a su suerte por América Latina y la comunidad internacional, ése es un asunto hipersensible.



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