Sindicalista proclive a defender al patrón en detrimento de los obreros; izquierdista intolerante con las disidencias; ex perseguido extraviado entre presos políticos y bandidos urbanos; mentiroso compulsivo que pide que le avisen pronto si se muere alguien por una huelga de hambre, pero si le avisan, se enfada; presidente electo democráticamente que reconoce —y defiende— las leyes represivas de una dictadura.
¿Demasiado para un líder que ha conducido a su país razonablemente bien, sin estridencias ni rupturas? ¿O todavía poco para un líder latinoamericano del siglo XXI?
¿Veremos más? ¿Escucharemos más? ¿O ya todo está dicho?
Mi capacidad de sorpresa es infinita. Ahora que se marcha, y luego, en su nuevo destino político, ya le escucharemos. Pero sin olvidarle. En los cibertiempos, las hemerotecas vuelan.


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