La Iglesia, el porno y la telebasura
El debate del futuro: 'La escena del crimen' y los posibles temores del clero cubano.
por MICHEL SUÁREZ, Madrid
A pesar de las recientes declaraciones del arzobispo de Santiago de Cuba, Pedro Meurice, contra la unión entre homosexuales, la curia cubana pocas veces ha intervenido públicamente en asuntos de esta naturaleza. Hasta ahora, los obispos de la Isla han sido diferentes, al menos, de otros que casi logran lo inverso de atraer cada vez más personas hacia la fe.
Pero, ¿por qué ha sido así y por qué "sorprenden" ahora las declaraciones del obispo primado?
Desde hace cuatro décadas, la Iglesia Católica de Cuba se debate entre graves dificultades de subsistencia frente al castrismo. No ha habido condiciones para aspirar a implementar una agenda donde figuren los tradicionales asuntos sociales, sexuales y científicos de buena parte de la comunidad cristiana internacional hoy día; aunque está claro que la suscriben al 100 por ciento, y de eso ha dado fe Meurice en la homilía del Día de la Familia Cristiana.
Los obispos o sacerdotes cubanos no suelen hacer del aborto, las células madre, los condones o el homosexualismo el centro del debate religioso. Las causas no podrán buscarse en si son menos o más conservadores que el resto del clero, sino en la compleja misión de sobrevivir en estado de sitio, lo cual es bastante.
El contexto en que le ha correspondido vivir a la Iglesia cubana en el último medio siglo habla por sí solo de tal hipótesis: la Isla es un escenario de extrema precariedad, que toca también lo moral, donde la feligresía padece hambre, la población penal es de una dimensión insólita, y la represión, el pan nuestro de cada día —nunca mejor dicho—. Sin contar con que misas y templos son también escuela, medio de comunicación, farmacia, bodega y reunión alternativos, ante la falta de otros espacios legales para el desarrollo de la misión evangelizadora.
Todas estas aristas —accidentales pero reales—, asentadas en la conciencia ciudadana de los cubanos por más de cuatro décadas, plantean un interesante reto para los conservadores que podrían gobernar mañana en la Isla.
Asuntos como la visión desprejuiciada (liberal para unos, desordenada para otros) de los cubanos sobre el matrimonio, el aborto y la sexualidad —un modo de vida ya enraizado en varias generaciones—, podrían colisionar frontalmente con el dogma de una Iglesia en situación de normalidad.
Igual de complicada es la cuestión de la homosexualidad, en un país en el que la represión institucional ha hecho desplazarse hacia los templos a un número importante de gays y lesbianas, en busca del ¿consuelo? que no logran hallar en una sociedad comunista y machista-leninista por excelencia.
Vaticinios y temores
De algunos de estos apuntes, también nos brinda un polémico avance el artículo "La escena del crimen", de la revista Palabra Nueva, publicada por el Arzobispado de La Habana, en su número 139, de marzo de 2005, y reproducido recientemente por Encuentro en la Red.
Al autor del mismo le preocupa que un exceso de libre expresión se convierta en "falta de compromiso con la dignidad del individuo", y que la supuesta entronización de ese bien universal podría hacer proliferar la pornografía y la telebasura en los medios de comunicación cubanos del futuro.
¿Por qué en un contexto de absoluta falta de libertad se dedica tiempo a vaticinar un presunto "exceso de libre expresión"?
Si bien toda libertad implica responsabilidad, en términos prácticos reflexionar sobre excesos de libertad que pudieran derivar hacia libertinajes, cuando no hay ni un átomo de materia prima para tales suposiciones, es equivocar la diana. Nada más parecido a la insistente campaña castrista contra el consumismo, en un país donde ni siquiera hay "consumo".
Ninguna libertad puede considerarse excesiva per se, en tanto se practique con responsabilidad. Muchos menos la libertad de expresión: una facultad que nadie puede otorgar ni privar, que no nace ni muere, ni es buena ni mala; sencillamente "es".
Otra cosa es el libertinaje, y las normas morales, estéticas, filosóficas, o de cualquier otra índole, que un individuo se imponga para convivir y relacionarse en sociedad. Dichas barreras nacen de una reflexión individual que incorpora el conocimiento previo, el grado de civilización y las condiciones del entorno.
Las personas no deben ni pueden tener más límite en su libertad de expresión que aquel que fijen las leyes democráticamente aprobadas. O lo que es lo mismo: el único impedimento a la libertad individual es poner en peligro o perturbar la de los demás.
Básicamente, esa es la causa por la que, en España, el Tribunal Supremo no encontró delito en una declaración del pro-etarra Arnaldo Otegui, quien acusó al Rey de ser "el jefe de los torturadores"; mientras que en Cuba cualquiera se busca un problema grave por decir "señores, esto está malo".
Opción versus imposición
En el fondo, lo que más preocupa al autor de La escena del crimen es que en un futuro escenario de libertades en Cuba, salgan al ruedo las calamidades actuales de los medios de comunicación en el mundo, entre ellas la denominada telebasura. Una preocupación positiva que muchos pudiéramos compartir.
Pero, de acuerdo con este enfoque tan cerrado, quizás para un cubano de a pie la telebasura se reparte en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica con libreta de racionamiento, y hay que consumirla por ley; algo así como la telaraña que atrapa y no suelta, sin tener en cuenta que el principio de funcionamiento de las democracias occidentales radica, entre otros aspectos, en la posibilidad de escoger, tanto en política, en sexo como en televisión.
A lo que habría que añadir que muchas televisiones estatales del mundo mantienen un perfil de servicio público —el 52 por ciento de la programación de Televisión Española es informativa y cultural—. Ciertamente, la escatología pulula, sobre todo en las cadenas privadas, para lo cual el desarrollo diseñó una cura inmejorable: el zapping. Otra vez el individuo decide, y si no, lo intenta con otras alternativas: el vídeo o el DVD, lo mismo de una puesta en escena en La Scala de Milán que de Pedro el Escamoso, la horrible y demandada telenovela colombiana.
Por poca telebasura que contenga la Televisión Cubana, que la tiene, su hipotética fortaleza cultural —ideológica, diríase mejor— está condensada en ese pálido bocadillo, típico de los totalitarismos universales, que reza: "la intervención de nuestro Comandante en Jefe será trasmitida por los cuatro canales de la Televisión Cubana, Radio Rebelde, Radio Habana Cuba y Cubavisión Internacional".
Y más allá de programas culturales, algunos de ellos verdaderos bodrios que no cumplen con la primerísima de las funciones, comunicar, la programación informativa es tan absurda como cualquier melodrama de cuarta clase.
Los medios cubanos funcionan como una especie de Gran Hermano o Granja-sin rebelión, émulos de un insular Show de Truman, en el que los cerdos legislan frente a la pantalla de televisión, de un día para otro, y el resto de la fauna compra los víveres en el noticiero (donde único hay "de todo"). Para luego sentarse a ver la telenovela y consumir la cuota diaria de banalidad, ante tan extenuante jornada de "país más culto del mundo", teleclases de ajedrez, pueblo heroico y héroes prisioneros del imperio.
Junto a la basura televisual, lo que más intranquiliza al autor de La escena del crimen, y muy probablemente a la Iglesia cubana (en la homilía citada ha dicho Pedro Meurice que "hay que prepararse para cuando los medios de difusión del mundo desarrollado entren en la Isla"), es la potencial aparición de la pornografía. Ésta configura una preocupación de cierta lógica para el episcopado. En este punto, el clero tiene unas muy respetables opiniones; pero lo peor de todo ello es que de sus advertencias también se deduce un terrible miedo al cambio.
Y se puede decir mejor pero no más claro: si el resultado subsidiario de la democratización de la sociedad cubana del futuro trajera consigo la legalización de la pornografía en determinados horarios y condiciones (práctica habitual en numerosos países), lo que toca no es lamentarse, sino actuar con la ley en la mano. Mejor que sembrar la alarma por las consecuencias "negativas" de la transición, será pensar en cómo educar y regular desde el pluralismo. Algo tan difícil, pero alcanzable, como educar para vivir en libertad.
Referencias
La escena del crimen
El arzobispo de Santiago de Cuba critica el matrimonio y la adopción de niños por homosexuales