¿Iván
contra Castro?
Huracanes
y espectáculo: El arte de obtener réditos políticos pasando
por encima del miedo, la indefensión y la angustia de los
ciudadanos.
por MICHEL
SUÁREZ, Madrid
Que en Cuba lo único que
funciona bien es la Seguridad del Estado y la previsión
contra fenómenos naturales, no es noticia. No hace falta
enviar lanzas contra la ONU porque felicite al gobierno cubano
por sus actuaciones ante el huracán Iván. Sino, en todo
caso, matizar que en un Estado policial como el de la Isla, la
evacuación es obligatoria y su incumplimiento es penado por
la ley; además de que la excesiva militarización de la
sociedad cubana prácticamente reduce a cero cualquier
iniciativa individual que tienda a desoír las orientaciones
oficiales. Algo así como lo que ocurría en la dictadura de
Franco: España era un país de bajo perfil delictivo. ¿Por
qué?
En cualquier caso, las
experiencias organizativas en la conformación de órganos
para tiempo de catástrofes, los ejercicios preventivos y los
estudios para casos de emergencia son fáciles de exportar. Lo
complicado radica en que en un sistema democrático la
capacidad de los órganos represivos —entiéndase policía,
servicios secretos y ejército— siempre será limitada, y en
el individuo descansa la voluntad de acatar o no las
orientaciones contra riesgos.
Sin embargo, de lo que la ONU
no puede dar fe es del nivel de desprotección postciclónico
en el que quedan sumidos miles de cubanos, a los que el
gobierno intenta calmar con todo tipo de "apaciguamientos
verbales"; aunque al final les mantenga en albergues, por
varios años, sin solución a la vista para la trágica
situación material heredada de los meteoros.
Todo eso, más allá de la
representación escénica interpretada por Fidel Castro al
frente de las emisiones televisivas, cuando lejos de
colaborar, estorbaba el trabajo de expertos y meteorólogos. Y
lo peor: intentaba obtener réditos políticos pasando por
encima del miedo, la indefensión y la angustia de los
ciudadanos.
La renuncia a cualquier ayuda
proveniente de países que hayan exigido a Cuba respeto a los
derechos humanos es quizás la arista más perversa del show
meteorológico. Cuando los intereses políticos se anteponen a
la práctica humanitaria, cuando la tozudez unilateral y el
orgullo evitan que las víctimas sean auxiliadas, se pone de
manifiesto en su total dimensión el grado de decrepitud de un
líder político y de una "revolución" que —antes
que ceder a supuestos principios— prefieren ver convertirse
en no-personas a los sujetos que teóricamente
"liberó".
En el año 2001, después del
terremoto que dejó centenares de muertos en El Salvador, el
entonces presidente de ese país, Francisco Flores, enemigo
acérrimo de Castro, aparcó toda diferencia política para
recibir ayuda material y el envío de misiones médicas desde
la Isla. Castro y Flores habían protagonizado sólo un año
antes una virulenta discusión en la X Cumbre Iberoamericana
de Panamá sobre el papel de Cuba en la guerra civil
salvadoreña.
Atrapados en la retórica
Otros extremos en la
deliberada utilización de los medios de comunicación de la
Isla estuvieron relacionados con la insistencia del gobernante
en su discurso antinorteamericano, en medio de una situación
particularmente tensa para el ciudadano de a pie. Castro no
tuvo reparos en hablar de "las últimas amenazas del
gobierno estadounidense de suspender las remesas y los
viajes", y comentó que "quizás después del
ciclón, les permitan venir a visitar a su familia en
Cuba".
Faltaban alrededor de 30
horas para que el fenómeno tocara tierra en Pinar del Río, y
en el oriente cubano las olas y el viento azotaban la costa
sur. El comandante, lejos de bajar la intensidad de las
habituales diatribas, azuzaba al odio, a buscar en los
fenómenos de la naturaleza nuevas experiencias de
confrontación con el vecino del norte.
Mientras tanto, en La Habana
no podía encontrarse ni un pan para comprar, decían los
turistas españoles atrapados por Iván. Los cubanos
entrevistados, a falta de concreción sobre cómo enfrentar lo
que vendría después, se asían de la retórica oficial,
quizás como autoconsuelo: "la revolución lo tiene todo
garantizado (...) aquí estamos esperando a Iván para
derrotarlo".
Cuando a las 18:45 horas de
La Habana, el fenómeno tocaba la Península de Guanahacabibes,
y las agencias internacionales enviaban cables de urgencia
informando del desastroso momento, la prensa oficial cubana se
limitaba a hacer hincapié en un único titular: "Fidel
junto a los pinareños".
Ya lo dijo Hitler en Mi
lucha: "Los fines de la propaganda son muchísimo
más importantes que los de la organización".
Y hasta en Europa, un sitio
retransmisor de los mensajes de La Habana, como es el diario
digital Rebelión, titulaba que "Iván no pudo con
Fidel", intentando polarizar un asunto al que no debiera
agregársele nada, salvo el cómo reponer las viviendas y los
medios a los miles que lo han perdido todo. Dice Rebelión
que debería nombrarse "Vladimir" (Ilich Lenin,
supongo) a uno de los anticiclones que mantuvo a Iván fuera
del rumbo cubano, porque el otro se llama "Fidel". Y
llega al colmo de la frivolidad cuando se cuestiona si
"existirá en el mundo un presidente que detenga sus
funciones para enrolarse con su pueblo, ni una televisión que
deje de trasmitir infames comerciales y cambie la
programación para hacer de ese medio una manera última de
conexión entre las personas frente a una catástrofe
natural".
Y como si no fuera
suficiente, la voz de la izquierda radical llega a la
conclusión de que "el ojo de Iván miró bien y decidió
que no era momento para enfrentarse con el viejo gladiador
Fidel Castro (...) no creo que haya democracia mayor que el
presidente de un país se siente a conversar de tú a tú con
su pueblo por la tele. Sin miedo de decir alguna tontería,
sin miedo a que se le vean las canas o las arrugas o que se le
caiga el micrófono". Todo eso, dicho en la sociedad del
poder del zapping, la televisión a la carta, Internet, las
weblogs y los teléfonos celulares. Todo eso dicho en la
Europa de estos tiempos.
Que en Cuba los daños
humanos son mínimos ante eventos de esta naturaleza, es una
verdad como un sol. Pero que existe un espectáculo
busca-créditos —para un proyecto por el que nadie apuesta
en tiempos normales—, así como un rampante huracán de
miseria pre y postciclónica y un acto de suprema maldad en la
renuncia de la ayuda económica, nadie lo puede tapar con un
dedo.