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La excelsa predestinación de Cuba
Ideología y revolución: Casi 200 años de hipérbole y delirio de grandeza. Una entrevista con el escritor Miguel Sales.
por
MICHEL SUÁREZ, MADRID
Encuentro
en la Red
13 de
enero de 2005
En una de sus habituales visitas a la ciudad de
Madrid, el ex prisionero político, escritor, poeta y periodista cubano, Miguel Sales Figueroa —radicado en Francia—, encandiló a muchos tras disertar en una mesa redonda sobre la ideología del castrismo.
Encuentro en la Red le invitó a profundizar en ese tema, además de escarbar en las causas que originaron el actual estado de cosas que vive la Isla, utilizando una perspectiva histórica como pauta de interpretación del presente y 'predicción' del futuro.
En cuanto al debate sobre los orígenes ideológicos del castrismo, sobre si Castro tenía o no una ideología, ¿qué teoría le parece más acertada?
Yo diría que el problema no es Fidel Castro. Él es parte del problema, pero lo más grave es por qué una persona, con características singulares, sin duda, con la inteligencia, la voluntad de poder, el delirio de grandeza de Fidel Castro, logró arraigarse en el poder y mantenerse durante 45 años dirigiendo esa sociedad.
Creo que el problema grave está en la sociedad. Pueden haber surgido miles de personas como Castro en otras sociedades mucho más estables, donde las convicciones democráticas estaban arraigadas, y esa gente no ha podido prosperar, no ha podido llegar a ejercer el poder que Castro ejerce en Cuba. De manera que el problema no está tanto en la personalidad patológica de Fidel Castro como en el contexto social que hizo posible el triunfo de Castro y su posterior instalación sine die en el poder.
¿La cubana es una sociedad ideologizada?
Mi hipótesis es que la sociedad cubana es una sociedad postrevolucionaria, donde las expectativas de la revolución, que fue un eje central de la vida nacional, de la constitución de la nacionalidad cubana durante siglo y medio, se realizaron. Esas expectativas se cumplieron en 1959.
Después de varios fracasos y de una secuencia de revoluciones fallidas —en 1868, 1895, 1933—, finalmente en 1959 se cumplen esas expectativas. Llega el Mesías redentor, triunfa el bien sobre el mal, como si fuera una especie de historia sagrada, y este fenómeno proporciona al pueblo la impresión de que se ha producido un designio histórico, que es un designio de la providencia y que lo que llega es finalmente la verdadera revolución.
El cumplimiento de esta expectativa histórica provoca un agotamiento del mito de la revolución. El mito de la revolución en Cuba termina a partir del año 1959, no en un golpe, pero sí paulatinamente, en pocos años. Las revoluciones que vienen luego no crecen con esta mística de una revolución trascendental, y además, traicionada siempre, que quedaba de una generación a otra como un deber tradicional que había que cumplir, como un horizonte histórico que había que alcanzar.
Al dejar de ser un horizonte histórico para las generaciones nacidas después de 1959, la revolución se convierte en una referencia del pasado, las nuevas generaciones no son revolucionarias en el sentido en que lo habían sido cuatro o cinco generaciones precedentes de cubanos, desde 1850 por lo menos.
Esto cambia radicalmente el estado de las creencias en Cuba; y parte de la estabilidad del castrismo, parte de la aparente apatía, de la aparente falta de ideología que hay en Cuba hoy. El desconcierto ideológico es consecuencia de esta pérdida de la fe en la revolución como instrumento para solucionar los problemas del país.
Esa fe perduró en Cuba durante 150 años. Fue un motor histórico importante, pero ha dejado de existir y las nuevas generaciones, las personas que hoy tienen 30 años de edad, no sienten como parte de sus creencias profundas una motivación a la acción violenta y, además, sienten una desconfianza enorme por todo lo que huela a actividad gregaria, todo lo que sea concertarse para provocar una transformación del marco socio-económico y político del país. Creo que eso ha contribuido muchísimo con la estabilidad del régimen.
¿Qué es lo que habría influido en el pensamiento político de Fidel Casto para llegar al estado actual de cosas?
Para mí, en Cuba hubo tres tendencias que son fundamento importante, porque son elementos constituyentes de la identidad nacional. Por un lado, está la idea de que la violencia política es un instrumento legítimo para conseguir ciertos fines benéficos para la sociedad. La fe en la revolución que va a generarlo todo, y con ella la fe en el Mesías que va a dirigir la revolución. Ese mesianismo revolucionario que estaba muy arraigado desde principios del siglo XIX.
La segunda corriente ideológica importante es la creencia de que Cuba, a pesar de ser un pequeño país del Caribe, tenía un destino grandioso que cumplir. Ese destino hiperbólico, lo llamo en mis libros 'la excelsa predestinación del país'. Es decir, Cuba iba a desempeñar a escala mundial un papel que era muy superior a lo que parecían indicar sus posibilidades reales.
La tercera creencia importante es que ese destino excelso se realizaba mediante la revolución e iba a ser, además, un destino nacional.
Esto parece muy evidente, pero en el siglo XIX todavía no lo era. En esa época, la mayoría de los cubanos no había nacido en la Isla, sino en Europa, África, o China. No tenían por qué creer en la idea de la nacionalidad. No se había producido todavía esa fusión de elementos étnicos y culturales que más tarde darían origen a lo que hoy llamamos la nacionalidad cubana.
Pero, como esa nacionalidad cubana se funde y se consolida tardíamente en el siglo XIX, cuando cuaja ya lo hace al amparo de la creencia revolucionaria y de la creencia en ese destino grandioso.
De manera que esa nacionalidad incorpora esos elementos —como incorpora también la influencia anglosajona, británica y norteamericana, en menor medida—, pero es una influencia que está presente en Cuba antes de la creación de la conciencia de nacionalidad diferencial, que es lo que finalmente nos empuja a separarnos de España. Y esos elementos constitutivos de nuestra identidad nacional siguen operando en el siglo XX.
Quiero destacar que esto de la influencia anglosajona y norteamericana es sumamente importante en la historia de Cuba, porque después de 1959 el régimen castrista ha hecho un esfuerzo conciente por mutilar y suprimir esos elementos constituyentes de nuestra nacionalidad, sin darse cuenta de que está mutilando también una parte de la identidad nacional.
En Cuba se juega a la pelota y no al fútbol, por esa influencia. En Cuba, a la moneda de cinco centavos se le llama níquel por eso mismo.
Esa influencia se inserta en esta especie de ajiaco que constituye nuestra nacionalidad. No se pueden mutilar y separar esos elementos constitutivos, sin dañar el todo. Creo que es una de las causas importantes de la poca fertilidad cultural del castrismo, junto con la represión y otros elementos. Pero habernos despojado del derecho a esa raíz que nos conecta con la cultura anglosajona y que es constitutiva, aunque minoritaria, de nuestra identidad nacional, ha dañado muchísimo el tejido, la trama de nuestra cultura.
Hay un punto culminante de ese deseo de ser grande, de ser colosal, en la Crisis de los Misiles…
Sí, ese es el colofón trágico de toda esta historia porque todo esto comienza a principios del siglo XIX, cuando Cuba, que era una colonia pequeña, pobre, distante y olvidada, da un salto en un plazo de 15 ó 20 años y se convierte en uno de los países más ricos, más dinámicos y mejor incorporados a la revolución industrial y al comercio atlántico, gracias a los cambios tecnológicos que se originan en Inglaterra; gracias al trabajo de la aristocracia criolla que comienza a encaminar el país por el sendero del desarrollo económico, basado en la esclavitud y en el desarrollo de la industria azucarera.
Ese salto, ese despegue que ocurre por primera vez en la historia, hay que subrayarlo, en el caso de Cuba. Luego se repetiría en Taiwán, y en otros momentos y lugares. Pero por primera vez en la historia eso se produce en relación con Cuba, y se produce en una especie de comercio regular que incluía la venta de azúcar, mieles, ron, a Estados Unidos, Inglaterra, Francia; la adquisición de esclavos en África y la compra de maquinaria, sobre todo a Inglaterra.
Este montaje de comercio internacional, además de un rápido crecimiento de la agroindustria azucarera, que desplaza al café y a otros cultivos, le permite a la burguesía, a esa aristocracia que Moreno Fraginals ha llamado 'la sacarocracia cubana', asumir realmente los destinos de la Isla.
España está postrada, España atraviesa a partir de las invasiones napoleónicas un período trágico de su historia, donde no puede ni siquiera gobernarse a sí misma y mucho menos gobernar a Cuba. No había ni flota para comunicarse con la Isla, y los cubanos son, de facto, independientes. La aristocracia criolla gobierna el país y los capitanes generales tienen que aceptar sus dictados. Este magnífico momento de despegue lo protagoniza, sobre todo, Arango y Parreño.
Es decir, en los primeros 20 años del siglo XIX, Cuba es un país que conoce un desarrollo que no se había dado nunca en el Caribe y casi en ninguna parte del mundo. Ese crecimiento desmedido de la riqueza y ese desarrollo tan rápido va acompañado de la utilización de esclavos, sometidos a unas condiciones cada vez más duras de explotación.
Con la llegada al poder de Isabel II, España trata de recuperar el control de la Isla y disminuir la autonomía de la aristocracia criolla, y ahí comienza la gran contradicción: Cuba no puede someterse a los dictados de una metrópoli que es mucho más atrasada política, social y económicamente que la colonia. La colonia ha hecho avances espectaculares, incluso tiene ferrocarril once años antes que la metrópoli, pero al mismo tiempo no es libre, no puede decidir sus destinos, que están cada vez más limitados, más decididos por España.
¿Qué sucede? La contradicción entre esta superioridad económica y cultural y la subordinación política a la autoridad española, genera en la aristocracia cubana un mito compensatorio, que sirve para justificar esa situación y el aplazamiento de la independencia.
Cuba, un país tan desarrollado en comparación con otros del continente, va a acceder a la independencia de manera tardía, después de países tan pobres como Haití, o como Paraguay, pero ese movimiento independentista no va a ser de carácter local, sino que va a tener una importancia enorme para los destinos de la humanidad porque va a influir en el comercio atlántico, va a repercutir en muchos órdenes… todo eso es pura imaginería, eso no tiene más base real que el anhelo de compensar esa deficiencia moral.
Claro, hay que decir también que la aristocracia criolla estaba en una situación sin salida. Porque forjar la lucha por la independencia en un momento en que la mitad de la población era esclava, era provocar un segundo Haití, provocar una insurrección que iba a acabar con las riquezas del país, con la base de sustentación de esa misma aristocracia. De hecho, la metrópoli utilizó la amenaza de la emancipación, muchas veces, para frenar los intereses políticos, el avance político de la aristocracia.
Por otro lado, los hacendados tampoco querían quedarse de súbditos de una corona que cada vez estaba más atrasada y cada vez era un peso más difícil de llevar. De esa contradicción, surge este mito del destino glorioso de Cuba, que luego se amplifica. Los anexionistas lo utilizan en todos sus manifiestos, lo utilizan los patriotas del 68 y el 95.
El delirio de grandeza se atenúa un poco con el fracaso de 1898, con esa especie de semi-independencia que se logra cuando los norteamericanos intervienen en la guerra a petición de los cubanos. Porque los cubanos se pasaron 30 años pidiendo la intervención de los norteamericanos, aunque luego no les gustara el resultado.
La República nace postrada, como diría Leví Marrero, pero eso se recupera con la revolución de 1933. Por ejemplo, en los años cuarenta del siglo XX, en Cuba se organizan expediciones para ir a llevar la revolución a liberar Costa Rica, República Dominicana; la famosa expedición antitrujillista de Cayo Confites, donde hace su debut revolucionario Fidel Castro.
Con el triunfo de la revolución de 1959, ese ánimo hiperbólico de que Cuba tiene un destino extraordinario que cumplir, se exacerba, adquiere unas dimensiones planetarias, y Cuba empieza a mandar expediciones guerrilleras a todas partes, militares a todas partes, empieza a desempeñar un papel, si no de primer rango, importante en la política norteamericana y soviética. Jugaba con esta inversión de alianzas, y al final, todo este delirio de protagonismo termina en esa tragicomedia que puso al mundo al borde de la guerra por el afán de protagonismo y por la locura absoluta en que había caído el régimen de Fidel Casto en el año 1962.
¿Cómo entronca esto con el Proyecto Varela, con el Diálogo Nacional que impulsa Oswaldo Payá?
Estos son los antecedentes. Si esto nos interesa es porque evidentemente queremos buscar en el pasado las respuestas a lo que ocurre hoy, y que nos permita adivinar, predecir lo que va a ocurrir en el futuro.
Esto es como cuando el babalawo echa los caracoles en la arena y, según la forma en que caen, le permite predecir el destino de una persona. Nosotros echamos las redes al océano del pasado. Tratamos de recoger algunas caracolas que nos permitan descifrar el sentido de las estrellas.
Digo esto porque creo que es importante mirar al pasado, pero no para quedarnos en el pasado. El pasado funciona como el retrovisor de un automóvil, para no chocar hay que mirar hacia delante siempre y, de vez en cuando, para corregir el rumbo, hay que mirar por el retrovisor para ver que no viene nada.
Para mí la historia es eso, echar una ojeada de vez en cuando a lo que pasó, pero para que nos sirva para continuar hacia el futuro.
Creo que en la historia de Cuba es importante desentrañar todos los mitos porque la coyuntura histórica de la transición al postcastrismo se acerca, está mucho más próxima de lo que la gente se imagina, y en ese momento hace falta que los dirigentes tengan ideas claras, propongan ideas claras al pueblo, y que el pueblo también tenga las ideas claras para que pueda escoger con fundamento y en libertad.
El Proyecto Varela y las iniciativas de (Oscar Elías) Biscet, tienen un denominador común que es importante. Todas tratan de hacer que la transición se produzca de manera pacífica, que podamos pasar de un régimen autoritario, totalitario, dictatorial, a una sociedad democrática, liberal, abierta, que respete no sólo el criterio de la mayoría, sino también los derechos de las minorías, que respete los derechos humanos, los principios fundamentales de la civilización; pero que ese tránsito se haga de manera no violenta.
Y esto es capital porque rompe con la tradición de violencia cainita que se ha desarrollado en Cuba durante siglo y medio.
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MICHEL
DAMIÁN SUÁREZ SIAN © Madrid, España
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