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               La columna de Michel Suárez


 

         Poderoso caballero

Los empresarios españoles y los derechos humanos en Cuba: ¿Hasta dónde se tensará la cuerda?

por MICHEL SUÁREZ, MADRID
9 de noviembre de 2004

"La pela es la pela", dicen prestos y resignados, una y otra vez, los españoles. El axioma, quizás en buen cubano, podría traducirse como "la plata es la plata", pero con idénticas actitudes, porque el dinero, como ya se sabe, no fue a clases de geografía.

Lo cierto es que los españoles llevan este asunto al pie de la letra, lo cual no parece ser —per se— ni malo ni bueno, siempre y cuando su aplicación no sea dogmática ni sus resultados inviten a justificar la desesperanza.

Poderoso caballero seguirá siendo el dinero, aunque en dependencia de cómo, cuándo y dónde se recite el dicho. Porque lo expresado el fin de semana pasado por el presidente de la Asociación de Empresarios Españoles en Cuba (AEEC), Víctor Moro, trasciende la lógica pragmática de la filosofía empresarial e invade el delicado terreno de los valores y los derechos fundamentales.

Dice el señor Moro que Zapatero debe promover un acercamiento "más profundo y decisivo" con el régimen de Fidel Castro para que España no pierda "oportunidades" en el pastel cubano. Y dice más. Se pregunta por qué cuando se habla de relaciones económicas con Cuba "se vinculan objetivos económicos con consideraciones humanas".

Moro arremetió contra la política del gobierno de José María Aznar hacia la Isla y pidió responsabilidades a los que, en su opinión, han permitido que "España, dentro de dos o tres años, quede relegada a un lugar intrascendente en la relación de países que comercian con Cuba".

Desde la anterior legislatura, el presidente de la AEEC se ha empeñado en poner delante sus dividendos —y los del resto de las 140 compañías ibéricas asentadas en la Isla—, en detrimento de los derechos humanos de los cubanos. No le ha bastado la aceptación cómplice de la mano de obra semi-esclava y la ausencia de sindicatos independientes o del derecho a huelga. Todo lo contrario. Tales condiciones han beneficiado el clima de "absoluta tranquilidad" que prima en la explotación de sus inversiones.

No siéndole suficiente lo anterior, el señor Moro exige, sin recato, que España debe normalizar todas las relaciones con el régimen, no porque ese trance también pudiera beneficiar económicamente a los isleños, sino por un simple cálculo futurista, la eterna preocupación de los que esperan ansiosos el momento de la piñata.

Cualquiera diría que lo "normal" en un empresario es tener este tipo de actitudes en cualquier lugar del mundo, fuese la España de Franco, el Chile de Pinochet o la China de Hu Jintao, y tendría parte de razón. Nunca me he opuesto a la presencia de inversores extranjeros en Cuba (como concepto) porque creo que son una pequeña ventana para que los cubanos descubran las bondades del mercado, satanizado por el castrismo en los últimos 45 años. También significan, a pesar de la cruel explotación —denunciada por el sindicalismo independiente y hasta por la OIT—, un respiro para quienes logran acceder a empleos en empresas mixtas.

Dicho esto, viendo los pro y los contra del hecho, queda la pregunta de siempre: ¿Qué deben hacer entonces los empresarios extranjeros?

Lo primero es entender que han decidido invertir en un país totalitario, que vive de espaldas al mundo, y del cual no pueden esperar signos de normalidad. Por tanto, exigir a sus gobiernos que pongan fin a las tímidas medidas sancionadoras contra el régimen de La Habana es una inmoralidad, de la que los actuales demócratas y futuros líderes de una Cuba libre deberán tomar nota.

Los empresarios son conscientes del hueco sin salida en el que se han metido. Conocen de sobra la ausencia de garantías que impera en la Isla. Aún así, se prestan al juego. El gobierno cubano les adeuda cientos de millones cada año, tensando la cuerda y llevándoles prácticamente a la quiebra; y ellos responden con reclamos a sus gobiernos para suavizar las sanciones y permitiendo que la soga reviente por el lado más débil: los derechos humanos del cubano de a pie.

Jamás recomendaría a alguien que invirtiese en un país como la Cuba de Castro. Tampoco haría lo contrario. Simplemente le recordaría que los anunciados fracasos, las deudas y las complicidades, no son responsabilidad que puedan cargársele a sus respectivos gobiernos. Y que aspirar a mejorar las relaciones económicas pasando por encima de los derechos del hombre, es absolutamente inmoral, aunque deje pelas.

En nombre de ese "liberalismo a la europea" al que a veces acudo, les diría, cordialmente, arréglenselas como puedan.

 

MICHEL DAMIÁN SUÁREZ SIAN © Madrid, España
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