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               La columna de Michel Suárez


 

¿Quién manda en Venezuela?

Soberanía: un concepto y dos aplicaciones. Cuba y Colombia en el camino de Hugo Chávez.

por MICHEL SUÁREZ, MADRID
1 de febrero de 2005

Fidel Castro y Hugo Chávez

El conflicto que ha enfrentado a Colombia y Venezuela por la captura —supuestamente en Caracas— del líder guerrillero Rodrigo Granda, más conocido como el "canciller" de las FARC, ha devenido un culebrón cuya esencia revela las prioridades de los involucrados —sobre todo de Venezuela— en materia de política exterior.

Cuando menos resulta discordante que hace unos días una marcha chavista saliera a las calles a denunciar la "violación" de la soberanía venezolana por parte de Colombia y, casi al unísono, Chávez publicaba en la Gaceta Oficial una ley que permite a policías, agentes secretos, jueces o cualquier otro personal policial y judicial cubano entrar en territorio venezolano para detener a nacionales de la isla caribeña.

La denominada Ley de Asistencia Jurídica en Materia Penal, esbozada en 1999 —con la llegada de Chávez al poder— y aprobada el 22 de diciembre pasado, es, por definición, un convenio entreguista, que no sólo podría violar la soberanía de ambas naciones, sino que introduce un nuevo mecanismo represivo para la ideologización de la justicia.

El hecho de que legislaciones similares hayan sido de uso relativamente común entre otras naciones no alivia la preocupación de los posibles destinatarios, sobre todo después de que Venezuela, bajo la "brillante" égida de Cuba, haya comenzado un complicado proceso de instrumentalización de la justicia, destinado a controlar las principales instituciones del país: la Corte Suprema, el Consejo Electoral Nacional y el Tribunal Constitucional.

En una democracia anémica, con un marco jurídico tendiente al autoritarismo, una ley de este tipo es lo más parecido a un explosivo en manos de un niño de cinco años.

Con toda probabilidad, y habida cuenta de que la comunidad venezolana en la Isla es insignificante, la norma apenas tendrá ejecución práctica en Cuba, y será Venezuela la que ceda más porciones de soberanía a Fidel Castro; la misma Venezuela que, ante el grito redentor de su nuevo Mesías, salió a las calles para protestar contra Colombia por la supuesta violación de su territorio.

Terrorismo y diplomacia

Aunque esta misma semana sus líderes han dado pasos hacia la distensión, la crisis colombo-venezolana ha cerrado en falso. La captura de Granda en Caracas es todavía un misterio.

Bogotá aduce que pagó una recompensa por la detención del terrorista en la ciudad fronteriza de Cúcuta. Caracas replica que fue capturado en su territorio por policías o ciudadanos venezolanos que habrían aceptado dinero a cambio. Lo que no explica Hugo Chávez es cómo el denominado "canciller" de las FARC transitaba impunemente por las calles de Caracas, ni mucho menos cómo obtuvo en once horas la nacionalidad venezolana.

El problema de fondo es el amparo que Chávez podría estar ofreciendo a líderes del terrorismo colombiano, y no la histeria desatada por Caracas en torno a la captura del "cerebro político" de la organización militar que ha causado la muerte de cientos de miles de colombianos y de otros ciudadanos extranjeros. Quizás Bogotá debió haber informado a las autoridades caraqueñas e intentado coordinar la operación policial. Mas esa no es la médula del problema.

En este delicado escenario aparece nuevamente la figura de Fidel Castro como pretendido "artífice" de la recomposición de relaciones. Todo parecía insalvable hasta que la mano del "Rey Midas" tocó el asunto.

Pero, ¿tiene Castro tanta credibilidad y prestigio como para detener por arte de magia el conflicto colombo-venezolano? ¿O más bien ordenó a Chávez bajar el tono de los reproches? ¿Está sentado en el Palacio de la Revolución de La Habana el verdadero presidente venezolano?

Aquí lo únicamente obvio es que Castro no puede darse el lujo de que los hilos de sus filiaciones (y las de Chávez) con las FARC sean objetivo público; prefiere mantenerlos en un perfil bajo porque su teoría de la revolución violenta ha dado paso a otra más pragmática: ganar en las urnas para luego aniquilar, desde dentro, el sistema democrático.

En el ojo del huracán

La firma de la nueva ley represiva entre Caracas y La Habana ha demostrado que la cuestión de la soberanía es relativa para Chávez. El citado convenio da vía libre a las autoridades cubanas para detener, interrogar, practicar registros, embargar bienes, inmovilizar activos, entre otras acciones que afectarán a cubanos radicados o exiliados en Venezuela. También se hallan en el ojo del huracán los venezolanos críticos con el gobierno de Castro y los cooperantes cubanos que, en cifra cercana a los 30.000 —según fuentes periodísticas—, se encuentran en el país sudamericano.

Un detalle no despreciable es que, a pesar de que la ley fue redactada en 1999, ambos gobiernos decidieron no ponerla en práctica hasta diciembre de 2004, justamente tras los escándalos mediáticos sobre deserciones masivas de médicos isleños en Venezuela, desde donde huían hacia Miami o pedían protección de tránsito a terceros países.

En la práctica, y aunque el texto juega a negarlo, Venezuela ha cedido su espacio judicial a Cuba para reprimir disidencias políticas y evitar la fuga de cooperantes, a quienes se niega por decreto la salida de la Isla.

El control del exilio cubano en Venezuela, un enclave importante del anticastrismo, es otra prioridad para La Habana. No por gusto el convenio es explícito en temas de confiscación y expropiación de bienes, los cuales incluso podrían ser transferidos a Cuba. Todo esto con "carácter confidencial", si así lo solicita el Estado requirente (es decir, Cuba).

Lo deseable en todo este culebrón es que ni Venezuela se vaya a la guerra con Colombia por un asunto que realmente le interesa "a conveniencia", ni permita que Cuba establezca sobre su territorio algo similar a lo que la Unión Soviética hizo en la Isla entre 1962 y 1989.

No es ocioso recordar que los malos ejemplos pueden terminar imponiéndose y que, generalmente, las segundas partes son peores.

 

MICHEL DAMIÁN SUÁREZ SIAN © Madrid, España
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