La
alevosía caribeña
¿Qué
se esconde tras la complicidad de los gobiernos insulares con el
régimen de Castro?
por
MICHEL SUÁREZ, MADRID
19 de
enero de 2005
Ralph
Gonsalves, el primer ministro de San Vicente y Las Granadinas,
acaba de abandonar Cuba con la convicción de que Fidel Castro
es "un hombre excepcional, muy informado sobre todos los
temas y con un pensamiento muy científico".
El
gobernante del pequeño estado insular, al igual que en su
momento Michael Manley, y más cercano en el tiempo, Percival
Patterson, ambos líderes de Jamaica, no han ocultado sus
afinidades con el dictador cubano, en un maridaje que raya lo
absurdo. ¿Podría especularse que la atracción
fatal entre ellos está condicionada por sentimientos ideológicos?
Ni pensarlo.
Aparte
de la indolencia con que la comunidad caribeña ha manejado el
asunto cubano en los últimos 46 años, en las actitudes de los
líderes regionales subyace algo más que simple indiferencia.
Descartadas la sintonía ideológica y la inercia, habrá que
apostar por la teoría de la premeditación y la alevosía para
desentrañar por qué prácticamente el Caribe en pleno ha
apoyado a la única dictadura del área.
Además
de San Vicente y Jamaica, los gobiernos de Barbados, Trinidad y
Tobago, Santa Lucía y Granada, entre otros, han mantenido desde
1972 intercambios políticos de alto nivel con La Habana, a
pesar de que para Castro el Caribe jamás fue una zona
prioritaria, en tanto el CAME y su círculo de influencias políticas
y económicas permanecían distantes. No fue hasta 1989 que Cuba
volvió la vista para "darse cuenta" que el Caribe
existía, más allá de episodios anteriores aislados.
Sin
embargo, y contando lo dicho, nada ha impactado más
negativamente en la opinión pública que la lamentable posición
de Bahamas. El gobierno de Nassau ha ido más allá que el resto
de sus homólogos insulares. Las continuas denuncias de
organizaciones internacionales de derechos humanos sobre las
torturas y violaciones a las que son sometidos los balseros
cubanos que llegan a las costas bahamesas, dejan pálida la
complicidad del resto.
Los
hechos del pasado 7 de diciembre, en una cárcel donde estaban
detenidos varios disidentes que habían huido en balsas, son sólo
la punta del iceberg. En esa ocasión, los guardias reaccionaron
a una huelga de hambre, desatada por por las pésimas
condiciones y el maltrato de que estaban siendo objeto,
disparando balas de goma contra los detenidos, entre ellos
mujeres y niños, algunos de los cuales también fueron
golpeados.
Ahora
bien, ¿qué hilo une estos hechos violentos con las lamentables
actuaciones políticas del resto de los gobiernos insulares? ¿Qué
se esconde tras la represión visceral de Bahamas contra los
disidentes que llegan a sus costas o tras la connivencia del
resto de los gobiernos con la perpetuidad del régimen?
Los
indicios apuntan a una terrible conclusión, que el pueblo
cubano no debe olvidar en el decursar de la Historia: a las
"hermanas" islas caribeñas, República Dominicana
incluida (aunque más disimuladamente, en dependencia de quien
gobierne), les conviene el actual statu
quo de Cuba.
Temor
por el cambio
Antes
de la llegada de Castro al poder, Cuba —la más grande isla de
la región— era el escaparate o la vitrina del resto. Tanto la
posición geográfica como la fluidez del intercambio comercial,
tecnológico y cultural con Estados Unidos, la dotaron de una
situación de privilegio. Con la irrupción de Castro
sobrevinieron los cerrojos, el embargo económico y el
aislamiento del régimen, lo que originó un nuevo reparto del
pastel entre otros destinos de la zona, por sólo mencionar el
trascendente tema de los flujos turísticos.
La
reversión de la actual situación política cubana podría
resultar catastrófica para muchos países del área. De hecho,
en las tres cumbres de la Asociación de Estados del Caribe
(AEC) —celebradas en Puerto España, Santo Domingo y
Venezuela—, los documentos finales sólo pidieron el fin de la
Ley Helms Burton y no
del resto de la legislación relacionada con el embargo
(verbigracia, la prohibición de los viajes de turistas
norteamericanos a Cuba). Tampoco las declaraciones de las
cumbres han exigido a Castro el cumplimiento de las cláusulas
democráticas que supuestamente rigen el trabajo de la AEC.
Un
cambio en las condiciones actuales, con el regreso de la economía
de mercado y la democracia a la Isla, y la puerta abierta al
turismo norteamericano, no sólo sería un ruido en el sistema
de las economías caribeñas, sino la vuelta del papel protagónico
de Cuba en las relaciones con Estados Unidos.
Sólo
en 2004, el Caribe, según informes de la AEC, recibió 14,5
millones de turistas. De ellos, un poco más de dos millones
tuvieron como destino a Cuba. Pero según el gobierno de
Bahamas, este país registró 4 millones y medio, el 83%
procedente de Estados Unidos, lo que representó el 60% de su
Producto Interno Bruto, esto último de acuerdo con informes del
Departamento de Estado de EE UU.
Una
situación parecida ocurre en Jamaica, donde el 71% del total
(un millón 278 mil 921 de visitantes en 2004), procedió de
Norteamérica, al igual que la mayoría de los 2,9 millones que
recibió República Dominicana.
¿Serán
capaces estas plazas de afrontar de igual forma una apertura
democrática en Cuba, con dos millones de cubanoamericanos y sus
descendientes viajando cada año y ambiciosos cálculos numéricos
que incluyen al resto de los norteamericanos?
Sólo
en el año 2000, y a pesar de las restricciones, viajaron a Cuba
más de 76.000 norteños, una cifra que no llegó al 5% del
total de las emisiones de EE UU hacia el Caribe, según datos de
La Habana.
Ante
un panorama así, en "una pelea de león contra mono, y con
el mono amarrado", la comunidad caribeña duerme tranquila.
Con Fidel Castro en la puerta de Cuba, cerrojo en mano, y con la
garantía de que mientras permanezca el régimen Estados Unidos
no cederá, Bahamas, Jamaica y compañía hacen su agosto,
aunque eso signifique el fin para la antes "iluminada"
isla de Cuba.