La
mala hierba
Los
latinoamericanos, presas fáciles del populismo, desfilan como
corderos al matadero, engañados por una izquierda irresponsable
y agobiados por la incapacidad de sus actuales gobernantes.
por
MICHEL SUÁREZ, MADRID
8 de
diciembre de 2004
Evo
Morales, un semi-analfabeto con pretensiones intelectuales,
acaba de dar su pistoletazo de salida para la carrera
presidencial de Bolivia. Probablemente en 2007, fecha fijada por
La Paz para los comicios nacionales, el país andino tenga a un
inepto populista como presidente.
Lo
anterior se deduce del resultado de las elecciones municipales
bolivianas, celebradas el domingo anterior: el Movimiento Al
Socialismo (MAS, presidido por Morales) fue el partido que más
creció, y aunque no dominó las diez principales capitales de
departamento, sí alcanzó triunfos notorios en ciudades
intermedias. Sin embargo, lo más preocupante es que el MAS
aumentó su caudal electoral en un 50 por ciento, en comparación
con el 20 que obtuvo en las anteriores elecciones de 2002.
La
prensa boliviana ha sido enfática en que la victoria de Morales
en las municipales significa la muerte de los partidos
tradicionales, por lo que se prevé un enfrentamiento por la
primera magistratura, en 2007, entre el ex presidente Jorge
Quiroga y el líder cocalero.
De
seguir al alza la popularidad de Morales —uno de los artífices
de las revueltas que sacaron del poder al presidente electo, Sánchez
de Losada, en 2003—, y de continuar consumándose el 'voto de
castigo', las cosas podrían complicarse todavía más para
Bolivia; aunque Evo Morales es tan peligroso para la democracia,
tanto en la oposición como en el poder y momentos no le han
faltado para demostrarlo.
Lo
único claro en todo esto es que Bolivia se abalanza sobre el
precipicio al arrojarse a los brazos de una izquierda prehistórica,
sin proyecto ni condición: la que lideran Handal en El
Salvador, Chávez en Venezuela o Tabaré Vázquez en Uruguay. En
unos casos, seudoizquierda (como pretexto para hacerse del poder
y quebrar las reglas del juego democrático); en otros, para
seguir ciegamente modelos fallidos que no llevan hacia ninguna
parte.
El
modelo a seguir
La
izquierda terrenal, cada vez más cercana al centro político y
consciente de que la combinación entre proyecto social y
ortodoxia económica pueden funcionar coherentemente, da
muestras de responsabilidad —hasta ahora— sólo en Chile y
Brasil. Incluso también en Argentina, a pesar del lamentable
intervencionismo económico de Kirchner.
La
otra ya se sabe lo que da. Cuba, de tener la tercera renta per cápita
de Latinoamérica en 1958 (a pesar de muchas otras dificultades
inherentes a una dictadura), encabeza hoy las "listas de éxitos"
pero de abajo hacia arriba. Venezuela, incluso con el peso de
sus petrodólares y el crudo en máximos históricos, retrocede
descomunalmente, su clase media se resquebraja y la inversión
huye despavorida.
América
Latina se está enfrentando a una deriva política de
consecuencias incalculables. Los partidos tradicionales de
derecha están siendo incapaces de ofrecer alternativas a los
ciudadanos, quienes se ven abocados a votar a una izquierda
irresponsable y bullanguera (como sucedió en Venezuela y
Uruguay) para intentar alterar sus realidades.
Lamentablemente,
el ciudadano medio latinoamericano es presa fácil del
populismo. Desfila como cordero al matadero, agobiado por la
incapacidad de sus actuales gobernantes.
Si
los partidos de derecha no son capaces de asumir discursos y
proyectos centristas que devuelvan la ilusión a los ciudadanos
y que exhiban resultados a mediano plazo; si los de
centroizquierda no asumen la responsabilidad de dejar a un lado
el verbo encendido, el Che Guevara fosilizado y la crítica frívola
contra el neoliberalismo, Latinoamérica derivará hacia regímenes
semi-autoritarios, o dictaduras, que después de llegar al poder
por la vía de las urnas, intentarán eternizarse desde la Ley.
O pretenderán bajo mayorías parlamentarias limitar la libertad
de expresión y prensa, y controlar el Congreso y los
tribunales, como lo está demostrando el día a día de Chávez.
Por
desgracia, la izquierda que pulula como mala hierba ni mira ni
quiere mirar al Chile de Ricardo Lagos, donde se apuesta fuerte
por el crecimiento económico, el liderazgo político y la
credibilidad para los inversores, con un discurso social creíble
y un programa de concertación.
También,
desdichadamente, las últimas administraciones norteamericanas
mantienen sus ojos en otra parte y no han advertido aún (o al
menos no han hecho nada para evitarlo) el polvorín que se le
viene encima a la región.
Si
Estados Unidos no se involucra más en la recuperación económica
latinoamericana, ni asume un papel colaboracionista más activo
(que no de intromisión), ese pedazo de mundo tan inmaduro
—para ser leve en su calificación— volverá a ser pasto de
patriarcas y otoños; un terreno totalmente incontrolable en los
próximos diez años, o quizás antes.