¿Elogio
del agua pasada?
Cuba,
la embajada española y los disidentes: A debate con Raúl del
Pozo.
por
MICHEL SUÁREZ, MADRID
16 de
octubre de 2004
Raúl
del Pozo es uno de los grandes columnistas de la prensa española.
Hace justamente una semana recordaba yo lo beneficioso que era
leer sus apuntes diarios en El
Mundo, el segundo diario de circulación nacional y,
posiblemente, el más plural.
Al
menos en mi breve experiencia en tierras españolas, nunca
alcancé a ver atrincheramientos ideológicos en los artículos
del columnista. Todo lo cual es de agradecer, en medio del
furibundo partidismo que asola a la prensa de este país,
repartida entre polos opuestos de forma visceral.
Del
Pozo ha sido crítico de lado y lado, aunque quienes le conocen
más detalladamente estiman que su filiación está más cerca
del centroizquierda. Pero lo cierto es que jamás le oí decir
en la radio que votaba a tal partido, ni tampoco asegurar en la
prensa que su función era "dar caña" a una formación
política determinada, como desgraciadamente se escucha en los
últimos años en los medios afines con los extremos.
Sin
embargo, esta semana, cuando le tocó hablar sobre el discurso
del embajador español en La Habana ante los disidentes, Raúl
del Pozo dejó atrás la mesura y la imparcialidad de toda la
vida. Salió al paso a su colega Isabel San Sebastián —cuando
ésta criticó la postura del diplomático y la situación
dictatorial de Cuba— diciendo que sus argumentos y formas eran
los de "la radio de Miami". La escena aconteció en la
tertulia mañanera del programa Protagonistas,
de Luis del Olmo en la emisora Punto Radio —por cierto, el único
verdaderamente imparcial de la radio española.
Acostumbrado
a participar, de vez en vez, vía telefónica, intervine para
discrepar de Raúl del Pozo. Aunque me declaro contrario a los
fundamentalismos del lenguaje de alguna prensa cubana, tanto en
la Isla como en el exilio (por mi apego a hechos y argumentos
sustantivos, más que a adjetivos vacíos), le objeté que
despreciar cualquier alusión anticastrista con el calificativo
de "radio de Miami" era una superficialidad de su
parte y una falta de sensibilidad hacia los millones de cubanos
que no han tenido otra opción que el exilio. En cualquier caso,
el problema mayor de Cuba no es la "radio de Miami",
sino Fidel Castro.
En
este punto me interrumpió para reconocer que estaba
"absolutamente de acuerdo", que él era contrario a la
dictadura cubana, pero no creía que una embajada debiera
abrirse a la "subversión". "Una embajada no está
para eso", me recriminó.
Le
respondí que una embajada no está para eso ni para lo otro. En
el caso que nos ocupa, si va el gobierno, no convocan a los
disidentes. Si asisten los disidentes, se ausenta el gobierno.
Unir a ambos es casi hoy un imposible. Lo inobjetable es, sin
embargo, que el motivo de ser de una embajada es relacionarse
con la sociedad civil toda. Lo que pasa es que a los europeos
les ha tocado elegir en una cuerda floja. En dependencia de su
decisión les recordará la rueda de la historia: ¿del lado del
gobierno totalitario o de los demócratas de la oposición
ilegal?
España
pretende las dos cosas porque entiende que así puede ser más
"eficaz" en la lucha por los derechos humanos. Pero
Cuba no clasifica en ninguno de los estándares universales, y
la fracasada gestión dialogante de Felipe González —Plan
Solchaga incluido— no parece servir de mucha
"jurisprudencia" a Rodríguez Zapatero.
Mientras
tanto, en Madrid, la embajada de La Habana recibe tanto a
gobierno como a oposición en fiestas y recepciones. Eso —para
Del Pozo— forma parte de la normalidad democrática del país.
Tampoco para mí es subversión ni favoritismo.
Creo,
ahora más que nunca, que la Unión Europea debe continuar
invitando a todos a sus sedes diplomáticas. Y el que desee que
se autoexcluya. El hecho de que los disidentes dejen de ser
convidados y el gobierno asista, no va a cambiar ni un ápice la
situación del país, como lo han demostrado los últimos 45 años.
¿Por
qué quieren entonces Raúl del Pozo y Zapatero probar aguas
pasadas que no mueven molinos?